sábado, octubre 23, 2010

VA DE MUSICALES

En una secuencia de La Rosa Púrpura del Cairo, que como sabemos trata de una proyección en que los personajes saltan de la pantalla al patio de butacas, hay una secuencia con la que siempre me sentí identificado. Se trata de un camarero que tiene que servir mesas hasta que le dicen que puede hacer lo que le dé la gana porque ya no hay guionista en la película que interpretan. Entonces el camarero dice "ahora podré hacer lo que de verdad me gusta" y se pone a bailar claqué.
Eso lo digo porque en realidad mi género favorito, o uno de ellos, es el musical y me lo paso mejor que con otros cuyo interés me han adjudicado de forma arbitraria como es el terror que cada día me gusta menos.
Suelo adquirir en DVD todos los musicales que me encuentro, porque me lo paso bien cada vez que los paso una y otra vez. Así que me he encontrado recientemente tres títulos interesantes y clásicos. Uno es Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy. No se trata de una película americana sino francesa mostrando un estilo distinto.
Tal vez Michel Legrand no sea uno de mis compositores favoritos, ni mucho menos. La película es algo cursi en algunos aspectos, ese vestuario de colorines. A veces me pregunto que si me dieran dinero para rodar lo que me diera la gana montaría un musical en mi ciudad con la gente bailando por la calle.
Me sorprende en estas películas el color tan brillante y tan vivo, algo que echo de menos del cine actual que siempre es oscuro y descolorido.
Aquí me encantan las hermanas Dorleac, la famosa Catherine Deneuve (Dorleac es su auténtico apellido) y su hermana, la tristemente malograda Françoise, como dos profesoras de música en busca de realizar su sueño. Nos encontramos rostros populares del cine galo como Danielle Darrieux y Michel Piccoli, leyendas como Gene Kelly y galanes de la época como George Chakiris salido de West Side Story. Charikiris parecía que se iba a comer el mundo en aquella época pero se apagó rapidamente tal vez porque sus vehículos fueron poco afortunados. Kelly se ve mayor con un maquillaje atroz que trata de rejuvenecerle, pero las hermanas Dorleac estaban en su mejor momento. Françoise no vio el estreno porque un accidente de coche nos la arrebató para siempre y sentimos todos una profunda pena porque tenía ante sí un gran futuro por delante.
Ese espectáculo de magia, alegría, romanticismo, color y música no tuvo apenas continuidad pero sedujo a los amantes al género.
Siempre hace buen tiempo (1955) de Stanley Donen y Gene Kelly forman parte de una trilogía junto a Un día en Nueva York y Cantando bajo la lluvia en la que ambos se repartieron las tareas de dirección. En cierto modo, es un título que suena a crepuscular. Tres amigos que van juntos a la guerra regresan a la vida civil y se separan, diez años más tarde se encuentran y descubren que no tienen nada en común porque han cambiado.
Excelentes números musicales como By myself con Kelly bailando con unos patines puestos. Se utilizó el scope que entonces se había puesto de moda, pero en su día parecía que esta película estaba fuera de lugar y se estrenó en un auto cine. La era de los grandes musicales Metro estaba llegando a su fin y de ahí ese regusto amargo.


Aún así celebramos excelentes momentos como esa explosión de Dan Dailey enmedio de una aburrida reunión de empresarios. Cuando un abstemio bebe el alcohol se le sube a la cabeza y pasa lo que pasa, se pone a cantar y a bailar ante el pasmo de todos. Y como no la bella entre las bellas Cyd Charisse.
En la actualidad Siempre hace buen tiempo es todo un clásico, como muchas películas que en su día recibieron una acogida fría o incluso hostil. Cuando hablaba del libro Qué ruina de película ya lo comenté, fiascos del ayer son clasicazos del hoy.
Algún día habría que estudiar porqué pasa eso.

Y ahora el clásico entre los clásicos, Siete novias para siete hermanos (1954), rodada un año antes que el título anterior por el propio Stanley Donen y todo un bombazo taquillero.
Actualmente se ve algo pasado de moda. Esos decorados de estudio resultan excesivamente artificiales y dañan la vista, el guión está lleno de cursilerías, pero la Metro no confió nada en su éxito y se dedicó a recortar el presupuesto hasta dejarlo en la mínima expresión. Sin embargo cuando se estrenó se llevaron una gran sorpresa, un triunfo arrollador que no esperaban.
Tiene excelentes canciones y excelentes números.

Siete novias para siete hermanos viene a demostrar que ni siquiera el gran Hollywood era infalible. Yo recuerdo haberlo visto en pantalla grandes un par de veces, siempre de reposición. Una a mediados de los sesenta, diez años después de su estreno, y otra en 1989. Había llovido mucho desde que se rodó y fue acogida con entusiasmo por el público presente en la sala de un cine madrileño.
En la actualidad nos pueden parecer algo tontos los personajes pero sus escenas de baile son todavía insuperables. Las acrobacias de los hermanos para conquistar las chicas rivalizando con los chicos del pueblo es antología pura. Sublime.

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